La flor no cuestiona si el lugar donde nació es suficiente. Florece porque su naturaleza es florecer.

Una flor en la cima de una montaña no vale más que una flor escondida en el bosque. Tampoco una junto al río es más “exitosa” que otra creciendo entre piedras. Cada una cumple su existencia desde lo que es, no desde lo que posee alrededor.

El entorno puede influir: el clima, la luz, el agua, el viento…

pero la esencia de la flor sigue siendo la misma.

A veces los seres humanos olvidamos eso. Creemos que la felicidad depende del escenario: del dinero, del reconocimiento, de la compañía correcta, del lugar ideal.

Y aunque esas cosas pueden nutrirnos, no crean por sí mismas la plenitud.

La flor parece enseñarnos algo más simple: cuando una vida está conectada con su propia naturaleza, incluso el silencio de una montaña puede ser suficiente.

Tal vez la verdadera pregunta no es: “¿Dónde debo estar para ser feliz?”

sino: “¿Estoy permitiéndome ser quien soy, como la flor permite abrir sus pétalos?”

Reyna Márquez Coach Empresarial Holística 

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